La diferencia entre un niño y un adulto, es que el primero siempre sueña despierto, y el segundo solo sueña cuando duerme.

 

Desde pequeños solemos tener aspiraciones ambiciosas. Algunas de ellas se salen de nuestras manos, pero sin importar qué tan extravagantes sean, seguimos soñándolas, imaginándolas y reinventándolas.

 

En mi caso, cuando era pequeña mi mayor sueño era ser astronauta. Quería viajar a la luna, a aquel lugar inalcanzable e invisible a los sentidos, intangible en materia y a grandes millas de diferencia. Todo esto con tal de alcanzar mi fin: ver la tierra desde afuera, tal y como lo pintaba la cartilla de mi abuela.

 

Sin embargo, a medida que crecí, empecé a entender que de nada servía salir de mi planeta, pues  ¿qué tanto mérito obtengo con ayudar desde afuera, allá lejos, en aquél frío cuerpo celeste?

 

A esta cuestión llegué cuando me pusieron a leer el principito en el colegio. Al ver a ese chico trotar mundos, conocer historias y volver a su planeta con mayor entusiasmo, hizo cambiar mi sueño de ir a la luna a curiosear.

 

Mi sueño ahora es cambiar el mundo, cambiándome a mí misma.

 

Quiero empezar con una frase de un gran maestro, el famoso, “Dalai Lama”, él nos recuerda que debemos conocernos a nosotros mismos, pues sólo así podemos llegar al desarrollo personal y las relaciones positivas. A través de sus enseñanzas, hace una reflexión acerca del mundo al que estamos expuestos “aquí y ahora”.

 

Generalmente nos enfrentamos a las mismas historias tristes: violencia, guerras y desastres. Si nuestra realidad se basa en estos preceptos,  ¿realmente ha existido un progreso en el mundo moderno?

 

A pesar de que hay grandes avances en el terreno del conocimiento; no son los suficientes, pues los problemas elementales de los humanos persisten. No hemos conseguido traer la paz ni reducir el sufrimiento general.

 

La única solución a este problema sería lograr encontrar el equilibrio entre el desarrollo material y el desarrollo de los valores que nos identifican como humanidad, esto se fundamenta en la preocupación por todos los seres. De esta manera, se puede afirmar:

  • Que la preocupación universal es fundamental para resolver problemas globales
  • Que el amor y la compasión son los pilares de la paz del mundo
  • Que tenemos la responsabilidad de crear instituciones al servicio de las necesidades del mundo

 

Para poder lograr la paz, tenemos que entender que la responsabilidad universal se basa en que la premisa de que todos queremos lo mismo: queremos ser felices. 

 

Si bien, no podemos pretender llegar a esta cúspide por nuestra propia cuenta, ya que como las Naciones, necesitamos de otros, para así resolver nuestros problemas. Es necesario por tanto resaltar que la felicidad que obtenemos de amar y servir a los demás es muy superior a la que obtenemos de servirnos a nosotros mismos.

 

Todos tenemos derecho a ser felices y por ende debemos buscar las estrategias que nos conduzcan a esto. A través de los medios de comunicación, se puede contribuir, cuando se genera más cobertura a aquellos asuntos de interés humano que reflejan la unidad fundamental de la humanidad. También, la existencia de organismos internacionales, que nos faciliten la comprensión del otro, sirve como instrumento de la paz mundial.

 

Cuando logramos encajar la ética, la compasión, consideración y sabiduría en nuestra sociedad, podemos estar seguros de que los pilares están fijados de la manera correcta, y cualquier cosa que sobre ella se emprenda, perdurará.

 

Necesitamos una revolución en el compromiso con los valores universales, si realmente queremos cambiar el mundo, por eso es necesario que empecemos por nosotros mismos, ya que así logramos sembrar una semilla, que se puede fomentar y alimentar.

 

El cambio no depende del Presidente, ni del vecino, ni del Rector de la universidad o del colegio, el cambio está en nuestras manos, de aquellas personas que se hacen llamar “seres humanos”. Debemos volver a ser niños y creer que todo es posible, siempre que no lo propongamos.

 

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